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Cleopatra

Dada la predilección de los romanos por los productos de belleza, durante largo tiempo los etimologistas creyeron que la palabra “cosmético” procedía del nombre del más famoso comerciante de productos de maquillaje en el Imperio Romano, contemporáneo de Julio César: Cosmis. Sin embargo, en fechas más recientes se ha llegado a la conclusión de que el vocablo deriva del griego kosmetikos, que significa “hábil en la decoración”.
En la actualidad, el objetivo del maquillaje es lograr que el usuario se vea más atractivo, con un aspecto juvenil y saludable, ocultando imperfecciones y realzando la belleza. Históricamente se empleaba en la preparación de rituales religiosos, para asistir a la guerra o como símbolo de poder. Una teoría sociológica también le atribuye como objetivo conseguir un despertar sexual.
La cosmética tiene hoy una base científica y tecnológica que se traduce en eficacia y seguridad de los productos con sus funciones específicas.
El tema es tan extenso que en este post sólo se han tomado en cuenta los aspectos histórico evolutivos de los cosméticos empleados con fin el de maquillar, obviando lo relacionado con perfumes, cuidado de la piel, jabones y desodorantes.

Prehistoria
Los productos de que disponía la mujer prehistórica se limitaban, prácticamente, a la arcilla, tierras de pigmentos colorantes o toscos productos elaborados a partir de grasas animales.
El aceite más antiguo que se conoce estaba compuesto de sulfuro de antimonio.
Según deducen de la interpretación de las pinturas rupestres las mujeres del paleolítico, ya usaban mejunjes para colorear de marrón rojizo las diferentes partes del cuerpo.
En la edad del bronce los cazadores y danzantes se teñían parte de su anatomía de rojo y negro, y se embadurnaban el pelo con alguna arcilla. Se han hallado pequeños contenedores de huesos vaciados con pastas coloreadas hechas de grasas y óxidos de hierro o magnesio que pueden haber sido utilizados en la prehistoria para proteger el cuerpo de los rayos del sol.

Antigüedad
En la estancia mortuoria de la reina de los sumerios Shub-Ad, 5000 años antes de Cristo, se encontraron numerosos utensilios de belleza y tablillas que describen antiguas fórmulas para preparar ungüentos y aceites, estando su preparación reservada a los médicos.
Las investigaciones han puesto de relieve la riqueza y la importancia de la cosmética en el antiguo Egipto (4000 a.C.) donde tanto hombres como mujeres emplearon productos cosméticos. El más difundido de estos productos era el kohl realizado con galena, sulfuro de plomo y sustancias identificadas como cerusita, laurionita y fosgenita. Se preparaba con todo ello una pasta que se guardaba en pequeños tarros de alabastro, y que, humedecida con saliva, se aplicaba con palillos de marfil, madera o metal. También crearon los primeros destellos para embellecer los ojos, para lo cual trituraban en un mortero los caparazones iridiscentes de ciertos escarabajos hasta obtener un polvo grueso que mezclaban con las sombras. El sombreado verde, uno de los favoritos, se obtenía a partir de malaquita en polvo que se aplicaba densamente a los párpados superiores e inferiores.
El henna fue utilizado para dar al pelo un rojo brillante. Muchas egipcias se afeitaban las cejas y se aplicaban otras postizas. La reina Nefertiti, se pintaba las uñas de las manos y los pies de un rojo rubí, y Cleopatra era partidaria de un rojo oscuro de óxido. nefertiti
A las mujeres de rango inferior sólo se les permitía tonalidades pálidas. Las egipcias iniciaron la moda de pintarse los labios con un tinte hecho de ocre rojo y óxido de hierro natural que extendían con un cepillo o un palito, también se teñían los dedos de las manos y de los pies con alheña para conseguir una coloración anaranjada rojiza, y acentuaban con una tonalidad azul las venas de sus senos y daban un toque dorado a sus pezones.
Los varones atiborraban sus tumbas con cosméticos para la vida del más allá; en la tumba de Tutankhamon se descubrieron recipientes con cremas para la piel, color para los labios y colorete para las mejillas, productos que todavía eran utilizables y que conservaban sus respectivas fragancias.
En Egipto los cosméticos significaban la unión de los humanos con los dioses, un enlace con la otra vida. Según el libro de Henoc, “Azazel, Jefe de los Angeles Rebeldes, fue quien se encargó de transmitir al hombre el arte de pintar el contorno de ojos con antimonio”. Es conocido también el mito que dice que “Horus se hirió un ojo en una batalla, y utilizó Kohl para tratarlo”.

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Grecia
Si bien eran partidarios de la naturalidad en el aspecto y un ideal de virilidad y de tosquedad natural, los griegos crearon el concepto de la estética, el culto al cuerpo, los ejercicios físicos, los masajes, y los baños. En uno de sus libros, Apolonio de Herofila explica que “en Atenas no había mujeres viejas ni feas”. Con las conquistas de Alejandro Magno llega a Grecia el maquillaje que es usado, fundamentalmente por las cortesanas.
Éstas se coloreaban la cara, se espolvoreaban de oro, blanco y rojo, teñían las cejas y prolongaban sus pestañas y marcaban el contorno de sus ojos. También se aromatizaban el aliento llevando en la boca líquidos o aceites balsámicos y removiéndolos con la lengua y escupiéndolos discretamente en el momento oportuno. Las cortesanas griegas tenían preferencia por los cabellos rubios que denotaban una categoría social superior y un atractivo sexual; conseguían el tono mediante la aplicación de una pomada a base de pétalos de flores amarillas, polen y sales de potasio, perfumada con manzana. A la mayoría de los grandes héroes griegos, Aquiles, Menelao y Paris se les describe como poseedores de rizos de color
claro, y los que no eran rubios naturales usaban jabones y lejías alcalinas procedentes de Fenicia. Para un teñido temporal, se espolvoreaban con una mezcla de polen amarillo, harina amarilla y polvillo de oro.

La era Cristiana
A partir de la mitad del siglo I antes de Cristo los soldados regresaban de sus misiones en Oriente cargados de perfumes indios y cosméticos y ello hacía que los hombres y mujeres se excedieran en el uso de cosméticos. Los romanos utilizaron kohl para oscurecer los párpados,
colorete, elementos depilatorios y piedra pómez para limpiar los dientes. La piel se blanqueaba con una mezcla hecha a base de yeso, harina de habas, tiza y albayalde (carbonato cálcico de
plomo); las pestañas se ennegrecían utilizando una mezcla de huevos de hormigas y moscas machacadas.
Cuando las romanas vieron a las cautivas rubias que trajo Julio César de las Galias las quisieron imitar empleando un compuesto de sebo de cabra y ceniza de haya. Por el contrario, los hombres de alto rango social y político optaban por los cabellos oscuros e incluso negros. Plinio el Joven, el naturalista del siglo I, escribió sobre la importancia de los tintes oscuros para el pelo uno de los cuales se obtenía hirviendo cáscaras de castaña y puerros.
Para evitar las primeras canas, se aconsejaba a los hombres que preparasen una pasta que debían aplicarse por la noche a base de hierbas y lombrices de tierra. El remedio romano contra la calvicie consistía en un ungüento de arándanos triturados, con grasa de oso.
Marcial, el epigramista del siglo I, criticaba a una dama amiga, llamada Galla, por alterar de pies a cabeza toda su apariencia: “Mientras te quedas en casa, Galla, tus cabellos se encuentran en casa del peluquero; te quitas los dientes por la noche y duermes rodeada por un centenar de cajas de cosméticos… Ni siquiera tu cara duerme contigo.
Después, guiñas el ojo a los hombres bajo una ceja que aquella misma mañana has sacado de un cajón.”
Se cree que los judíos adoptaran la aplicación de los cosméticos de los egipcios, puesto que el Antiguo Testamento hace referencia a pinturas para la cara. La ornamentación del ojo fue también la forma de maquillaje más popular entre los hebreos. Esta costumbre fue introducida en Israel alrededor del año 850 a.C. por la reina Jezabel, quien “adornó” su cutis con afeites para seducir a Jehu o como Esther, reina de Babilonia, quien embellecía con afeites sus maravillosos  ojos, hasta el punto de ser considerada la mujer con los más bellos ojos que nunca existió.
Sin embargo, ya desde los primeros momentos judeo-cristianos se hacen referencias en contra de la indecorosa sofisticación física. La sola intención femenina de mostrarse atrayente ante los demás fuera del hogar, de buscar una positiva recepción exterior, era considerada por los hombres como una peligrosa pretensión de romper los márgenes de la custodia y del sometimiento del varón.

Edad Media
Fue en la Edad Media cuando los cruzados observaron el uso de los cosméticos en el Oriente Próximo, y fueron ellos quienes lo propagaron en sus regiones. Los secretos de la cosmética
se guardaban en la “muñeca para adornarse”, nombre que se le daba al tocador, un mueble lleno de cajones y espejos que daban la apariencia de un escritorio.
Pero el paso del tiempo poco cambió en relación con la idea que se tiene de la mujer y rápidamente los cosméticos entraron en desuso por razones religiosas.
La obra Mesa de los pecados capitales, de El Bosco (XV-XVI) en su apartado relativo a la Soberbia, representaba a una mujer ricamente vestida, contemplándose en un espejo que sostiene el diablo. Los tratados sobre la educación de las mujeres denuncian la falsedad de los cosméticos y sus peligros, por lo que suponían de manifestación de exhibicionismo y narcisismo. Luis de León dice en La perfecta casadada “¿Qué pensáys las mugeres que es afeytarse? Traer pintado en el rostro vuestro deseo feo. Mas no todas las que os afeytáis deseáys mal. Cortesía es creerlo. Pero si con la tez del afeyte no descubrís vuestro mal deseo, a lo menos despertáys el ageno”.
“Flor del tesoro de la belleza” es una obra atribuida a Manuel Dies de Calatayud (siglo XIV-XV) en la cual se habla del quehacer estético de la mujer medieval.
Y no cabe duda de que, bien mirado, las mujeres hacen gran ofensa a Dios con sus desvaríos y con sus locuras, ya que no se tienen nunca por contentas con los atractivos con que Él las formó. Román de la Rosa (s. XIII)
Resulta más que interesante revisar algunos de los capítulos del índice del compendio para bien examinar la consciencia en el juicio de la confesión que Martin de Ayala escribiera en 1567 “Son los afeites de ordinario en las mujeres no lícitos ni honestos; Los preciosos vestidos y galas en las mujeres huelen a deshonestidad; Pecan de ordinario las mujeres con sus afeites y galas por el escándalo que causan en otros; Es muy más indecente afeitarse y engalanarse los hombres que las mujeres; El aderezo de afeites y galas curioso en las mujeres las hace soberbias y menos castas; Hanse de huir los afeites, porque afean
y roban la hermosura natural; Los afeites y atavíos curiosos son trajes de malas mujeres”.
En el siglo XIV, Henri de Mondeville estableció la diferencia entre el tratamiento médico de los  problemas patológicos de la piel y el uso de cosméticos con finalidades estéticas.

Renacimiento
En el Renacimiento retornaron los cosméticos con inusitada fuerza. La estética femenina envuelve la vida de la Italia renacentista. En el siglo XVI los monjes de Santa María Novella, crean el primer gran laboratorio de productos cosméticos y medicinales.
Las venecianas, además del rostro se maquillaban los pechos, usaban perfumes traídos de Asia e impusieron en Europa el gusto por el pelo rojo. Para conseguir ese tono se realizaban mezclas de sulfuro negro, miel y alumbre y se exponían los cabellos al sol. También se podían elegir el rubio ceniza, el “hilo de oro” y el azafrán. Las manos se suavizan con miel y limón. Como dentífricos se usan las hojas de salvia mezcladas con carbón de madera, y mezcla de opio. Los primeros tratados de cosmética y belleza aparecieron en Francia e Italia durante estos siglos. En 1573, en Italia en el libro de Catalina de Sforza “Experimentos” hay toda clase de recetas de cosmética y perfumería, escritos sobre maquillaje y para corregir defectos del cuerpo. En París, Catalina Galigai, amiga de Catalina de Médicis abrió el primer Instituto de belleza. En la corte de Isabel I de Inglaterra, se popularizaron la salvia para blanquear dientes, los pétalos de geranio como rojo de labios. También utilizaban productos peligrosos como el albayalde para blanquear la piel del rostro y el escote, productos a base de mercurio para colorear los labios o eliminar manchas, tinturas para el cabello con sulfuro de plomo, cal viva y agua.

Siglo de Oro
Las mujeres hispanas de la época se muestran interesadas por el aspecto físico, a pesar de las directrices de moralistas y religiosos. Era una época marcada por el peso social que se concedía a la imagen de los demás, en especial de las mujeres. Lo exterior llama y mantiene
la atención con el fin de alcanzar reconocimiento; la honra se refleja en el traje, el tren de vida y la calidad social heredada.
… “Son cosas que las mujeres / siempre esconden de los hombres.”, dice, Dorotea a Florero en La bella malmaridada, de Lope de Vega (ss. XVI-XVII),  cuando es preguntada por su mercancía cosmetológica. Empolvarse los cabellos con varios colores se convirtió en la moda imperante en la Francia del siglo XVI. Los polvos, liberalmente aplicados tanto a los cabellos auténticos como a las pelucas, eran harina de trigo blanqueada y pulverizada, intensamente aromatizada.
El siglo XVII puso de moda ser joven rubia de largos cabellos; las damas se aclaraban el pelo con lejía, se pintaban las cejas con sulfuro de antimonio y se blanqueaban la cara, el escote y las manos con soliman (sublimado corrosivo) y se pintaban los labios en forma de minúsculo corazón. La francesa d’ Aulnoy cuenta en Relación del viaje de España, publicada en 1691, los detalles del quehacer que lleva a cabo una señora del momento para adecentarse una vez levantada: colorete para los dedos, frente, hombro, mejillas, mentón, nariz, orejas, manos; la utilización de perfume por todo el cuerpo.
En el siglo XVIII se usaban polvos de harina de arroz esparcidos por cuello y hombros y se pintaban lunares en la cara y espalda. El rojo es el color de moda, hay rojo para utilizar durante el día y rojo más apagados por la noche. En la década de 1780, la aplicación de polvos sobre cualquier tipo de peinado, natural o artificial, había llegado a la exageración de Maria Antonieta. El cabello se peinaba, rizaba y ondulaba, y se le confería mayor volumen con profusión de postizos hasta formar torres fantásticas. Seguidamente, se empolvaba en diversos colores: azul, rosado, violeta, amarillo, blanco… pues cada uno tuvo su momento de moda. En el año 1792, la revista británica Gentlemen’s Magazine comentaba que las mujeres, con sus cabellos totalmente blancos y sus caras de un rojo violento, parecían ovejas desolladas.
Los productos de belleza deben ser elaborados artesanalmente para comprarse en los lujosos establecimientos de Faubourg Saint Honore.

La Revolución
Con la Revolución Francesa estos excesos estéticos desaparecieron y, en el 1800 la reina Victoria declaró el maquillaje públicamente descortés y vulgar; sólo lo usaban los actores y las prostitutas. No fue sino hasta la llegada de Napoleón al poder, y gracias a su esposa Josefina, que los cuidados de belleza renacieron en Francia. Llega después el Romanticismo y con él la languidez, las pelucas dan paso a bucles realizados en las peluquerías parisienses. Pero también surge una mujer que osa vestirse como un hombre y fuma cigarrillos puros, es el tiempo de George Sand. En América también surgieron empresas dedicadas a la cosmética. Charles Meyer en 1860 abrió una tienda en Broadway, donde vendía el maquillaje teatral Leichner: el primero elaborado en los Estados Unidos. Debido a la composición de este maquillaje se necesitaba algo para quitarlo y para ello se utilizaba el Extracto Pond’s, distribuido en primer lugar por Theron T. Pond en 1846. Más tarde este producto se convertiría en la célebre crema para el cutis Pond’s o crema de día.
En los inicios del siglo XIX, surge el primer intento de eliminar las arrugas -el esmaltado de la cara- que consistía en lavar primero la cara con un líquido alcalino, después se extendía una pasta para rellenar las arrugas y encima se colocaba una capa de esmalte hecha con arsénico y plomo, la cual duraba aproximadamente un año. Si la máscara era muy gruesa se agrietaba al menor movimiento.
Se usan leches, mascarillas, manteca de cacao y pepino. Retornan la palidez, los polvos emblanqueciendo el rostro y los hombros, el aspecto de tísico de La Dama de las Camelias, ideal de belleza del siglo XIX, que las lleva a beber vinagre y limón. Las mujeres se esconden del sol y del aire y destacan unos ojos grandes y tristes. En este siglo nacieron Coty, Chanel, Guerlain y Cyclax; Helena Rubinstein, Elizabeth Arden, Max Factor, Vogue y The Queen y se supone el inicio del maquillaje moderno. En 1880 aparece por primera vez el rojo de labios que consistía en una pomada compuesta por mantequilla fresca, cera de abejas, raíces de un colorante natural (orcaneta) y racimos de  uvas negras sin pulpa, este producto colorea sin producir efectos secundarios. En 1886 nació Avon, un fenómeno estrictamente americano, y pionero en ofrecer cosméticos a las mujeres en el ambiente sosegado e íntimo de sus propias casas.

Fuente consultada: Blog “Navegando por Internet” del Doctor Prof. Dr. Miguel A. Allevato

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